Letras y Relatos de Martín Silvestre
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Realista · 16 de septiembre, 2026 · 6 min

No hacía falta

El altavoz resuena llamando a la puerta de embarque 15b para el vuelo a Berlín. Es su vuelo. La espera de dos horas en la cafetería del aeropuerto se acaba. Quedan cuatro horas de avión. Lía apenas habla con Tom, pero escucha. Una de las tres coristas, Conie, sujeta entre sus brazos un libro enorme de fotografías. Retratos de gentes de todo el mundo. El hermano de Tom, Rock, las mira. De vez en cuando también mira para Lía.

Rock se pregunta cuán de estrecha es la relación que la une con Tom. Todos en el grupo se lo preguntan. Se preguntan si es una simple fan aprovechada, una advenediza. Nadie, dentro de esa familia que forman, había oído hablar antes de ella, cuanto más haberla visto. La aceptan porque son educados, pero desconocen qué papel juega en la vida de Tom. Están un poco desubicados con respecto a ella y ninguno de los dos protagonistas aclara nada. No, mientras no se lo pregunten directamente. Pero eso no lo harán. Se respetan demasiados unos a otros. Y es por causa de ese respeto que sobre Lía se mantiene una capa de incertidumbre. Por no saber, no saben ni quién es, a qué se dedica.

Hace frío en Berlín. Es la primera impresión que del aeropuerto de Brandeburgo le viene a la mente a Lía. Los cigarrillos se encienden, antes de que todos se suban a los taxis que los llevarán a la casa que la familia de Tom mantiene en la ciudad. Por lo que Lía sabe es una casa antigua, grande, llena de recuerdos, llena de historias. Para lía todo es nuevo. La única que le da un poco de charla es Tina, la novia del manager, Patrick. Los demás no es que la ignoren, pero la miran con una cierta prevención. No saben bien a qué atenerse con ella.

Los cinco coches los dejan una hora después en el distrito de Barnim, al lado de la reserva natural. La propiedad es enorme, Lía estaría impresionada si no supiese de antemano que todo en la vida de Tom lo es. Todo a lo grande. También lo es el vínculo afectivo que lo une a estas personas que ahora se encuentran aquí. Si no, no estarían. En el centro de su mundo. Erick, Patrick, Sena, la directora de arte…Sus parejas. La novia de Sena es Raní, una argelina preciosa. Cada vez que habla parece que lo hace una bandada de gorriones. Es delicada, es dulce como un río. El grupo mantiene las altas expectativas, en cuanto a interés se refiere, que los comentarios de Tom habían creado en el imaginario de Lía sobre ellos. Todos son cultísimos, interesantísimos. Ella, en su fuero interno, sabe que está en su lugar, que le corresponde estar aquí, pero los demás no, no lo saben.

En el aeropuerto, en el avión, Lía apenas ha estado en contacto con Tom, pero ahora él le pasa el brazo sobre los hombros. Cuando el ama de llaves les abre la puerta, la antigua puerta de haya, parece que Tom escenifica la entrada de Lía en su mundo. Unida a él al atravesar el umbral.

Es de mañana temprano, el vuelo ha sido de madrugada. Eso no ha sido impedimento para que en la cafetería del aeropuerto de salida haya corrido la cerveza. Ahora, en la casa, mientras se desempaquetan los bultos y se prepara la mesa para la comida, las Berliner se abren. La nevera está bien provista. Llena de ellas. Cerveza fría y suave. Estas mujeres, estos hombres, la beben en grandes cantidades. Lía no se queda rezagada. Comen y beben despreocupadamente. Se sientan a la mesa. Una gran mesa de madera que les da cabida a todos. El ama les ha dejado carne de ganso, sander, anguila, coles, salchichas blancas… Tienen abundancia. Las bromas giran en torno a la comida.

Sena y Raní comen el pescado con las verduras y hablan de la tierra que la argelina abandonó siendo tan joven. Recuerda las tortuosas callejuelas de la kasbah con sus viviendas y sus mercaderes, chilabas negras sobre fondo blanco. Raní es menuda, alegre. Levanta la vista y la clava en Lía. La hace partícipe de la charla. Lía dice que no, que nunca ha estado en el país de Raní.

-Nunca he estado en demasiados lugares-dice Lía con una sonrisa. En la mesa hay quién piensa que eso no debe de ser del todo cierto. Que si está allí es por haber visitado al menos la cama de Tom. Lía se da cuenta intuitivamente de esto y vuelve a sonreír. A Lía y a Tom no se les escapa nada. Mantienen un control total sobre los pensamientos que acerca de ellos discurren veloces por el entramado neuronal del grupo. Está todo previsto. Está todo calculado. Dejan que los demás hagan sus suposiciones.

En el lateral de la mesa hay una gigantesca librería. De pronto un grueso volumen se cae al suelo. Las miradas curiosas se vuelven hacia allí. Un gato naranja y negro, atigrado, enorme, sale del fondo del estante con movimientos torpes. Lleva una incongruencia en el hocico. Algo que no debería estar allí. O más bien algo que si debiera estar y no está. A Tomy, el gato, le faltan los bigotes. En una velada anterior se los quemó en la chimenea. No se orienta bien sin ellos, pero según Rock, no hay de qué preocuparse. Le volverán a crecer. Y se lanza a una larga y minuciosa explicación sobre cuánto tardarán en crecerle, para qué sirven realmente, como se denominan las terminaciones nerviosas que en ellos hay, etc.

-Eres todo un experto en gatos,-dice Patrick.

-Este gato lo bautizó aquí mi hermano, el fiera,- hace un gesto de cabeza hacia Tom,-y tiene más novias que él.

Unos segundos silenciosos se suceden, hasta que Rock comienza a contar de todos los líos de faldas que en las giras las fans provocan alrededor de Tom. De todas las chicas que desde siempre lo persiguen, desde el instituto, de las novias despechadas…Pero Lía no parece ofenderse, molestarse. Todo el grupo se pregunta en silencio qué hacía Lía entonces, dónde estaba cuando Tom giraba, qué papel jugaba.

Lía recuerda, recuerda las llamadas, recuerda los encuentros, la pasión, el hilo invisible que la une a Tom. Su mano derecha reposa sobre la entrepierna de Tom. La mano izquierda de éste se mete entre sus piernas. Se dice que toda la información que rellene las lagunas que sobre la vida de Tom tiene, tenía, toda esa información, no hacía falta.


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