Y sí, el tiempo pasa, pero el dolor permanece.
El tiempo pasa despacio. Despacio pero implacable en su discurrir. Ya los años han dejado atrás el primer momento de pánico en el que todos los habitantes fueron evacuados. Thomas, decidió quedarse con sus animales, con sus sembrados. Señoreándose de todo. Al principio se escondía atemorizado pero no por la supuesta contaminación, sino por el miedo a que lo arrancasen de su casa. Ahora vive tranquilo, siempre atareado en sus rutinas. Los quehaceres en el huerto, con las gallinas, con los cerdos, el cuidado de los animales domésticos que se quedaron atrás consumen las horas.
El día clarea por el este, sale Thomas de su cocina, ya ha desayunado los huevos y un buen trozo de carne seca. Su despensa está muy bien provista, aunque echa de menos algunas cosas que por su carencia se han convertido en sueños inalcanzables, como el pan, el arroz. Rodea la casa y va a la parte trasera, al gallinero cercado de alambre. Las gallinas reciben la libertad del nuevo día con cacareos de júbilo. Thomas, como ellas en esa mañana, también es feliz. El peligro esgrimido para la evacuación forzosa nunca lo ha percibido, nunca se ha hecho manifiesto para él. Thomas piensa en él, en el peligro. A pesar de los años se sigue preguntando el por qué del traslado obligatorio de la población. Sigue poniendo en duda su necesidad. De todas formas nunca va a la zona del lago en el bosque. Por precaución. Allí, en la zona cero del supuesto desastre, no se le ha perdido nada. Las explicaciones pasadas de los militares no habían explicado nada, no habían aclarado ninguna duda. Las preguntas y la necesidad de satisfacer la innata curiosidad siguen ahí, en el fondo de su mente.
En todo caso ni tiempo tiene de salvar los treinta kilómetros hasta el lago. La vida en soledad es complicada y atareada. La naturaleza, que se ha vuelto salvaje en la región por causa del éxodo humano, exige mucha dedicación de cuidados para mantenerla a raya. Thomas se lo toma con calma pero lo cierto es que su actividad no se detiene mientras hay luz. Ahora, que la noche ya ha caído, Thomas se toma el primer respiro del día. Sentado en el tocón del árbol, su tocón, su antiguo árbol del patio, repasa los trabajos que mañana afrontará.
Pronto los abandonará la estación estival, la cosecha de maíz está lista para su recolección. La subsistencia de los animales y de él mismo en invierno depende de él, del maíz. Cuando la población fue obligada a abandonar la región, los militares envenenaron los pozos, quemaron toneladas y toneladas de alimentos de los almacenes, se aseguraron de que si algún revoltoso desobedecía las órdenes de irse, se muriese de hambre. Thomas fue él. Él fue ese revoltoso.
Días antes del éxodo, los vehículos del ejército radiaban las advertencias: «Abandonen la región por los puntos de evacuación. No se acerquen a la zona roja´´ Los mapas coloreados de rojo marcaban la zona del lago. Solo, se encontró en un territorio devastado en la retirada del ejército. Él siempre había disfrutado de la soledad, por ello, encontrarse ahora en medio de ella, era una bendición. Sin darle explicaciones a nadie, obligado solo por los ciclos naturales, Thomas había sobrevivido a los primeros y complicados tiempos.
En este momento, cuando el día termina, siempre le apetece fumar tabaco y beber licor. Los supermercados habían sido vaciados por los militares, allí nunca iba a encontrar nada, pero en los domicilios particulares es otra cosa. Las casas ocultan tesoros. Thomas, decidido a satisfacer sus deseos, se levanta del tocón y sale de su hogar hacia la maleza. Toda la calle, todo el barrio, toda la ciudad ha sido engullida por la vegetación y poblada por los animales. Cada vez que explora, se dice que será la última. Porque cada vez que sale a buscar tiene que hacerlo más lejos que la precedente. Thomas no tiene miedo, pero quiere ser cauto. Quiere vivir sin sobresaltos, pero el deseo lo domina.
En los años que lleva viviendo en soledad, Thomas no ha aprendido nada de él mismo que ya no supiese, sino que se ha ratificado en sus costumbres de hombre solitario. Por segunda vez en ese día, mientras con calma camina por la calle tomada por la espesura, es consciente de su buen vivir, de su felicidad. Se dice que disfruta de todos los dones que Dios podría darle a cualquier ser humano. Ha sido hecho partícipe del más puro estado de ventura que nadie podría poseer. Y todo gracias al invisible enemigo que las tropas cercaron en el bosque, en el lago. Invisible para él, y por lo que sabe también para el resto de los habitantes que atropelladamente se fueron. Esto siempre le ronda la cabeza, sobre todo a esas horas de la noche cuando se relaja con el tabaco y el alcohol. Lo primero lo porta en el bolsillo del pantalón fruto de la última expedición fuera de sus dominios. Lo segundo tratará de obtenerlo ahora.
El techo de árboles y los altos matorrales tapan la luz de la luna creciente. En medio de esa oscuridad Thomas se dirige hacia la linde sur de la ciudad. El lago está más al sur, pero al sur al fin y al cabo. Sin habérselo propuesto, va esta noche en esa dirección. Ahora, que penetra en una casa, es consciente de ello. Antes de franquear el umbral se saca de la cazadora una posesión que atesora con avaricia. La linterna de la que se cuida muy mucho de desperdiciar su energía. Con su luz ilumina la estancia que lo recibe. Polvo, arañas, muebles que han colapsado por la carcoma. Rebuscando entre la basura encuentra lo que busca.
Horas después la madrugada ha avanzado y como ella, él también ha avanzado por el bosque oscuro, en dirección al enigma que en el lago se halla. Va, Thomas, en busca de respuestas. La borrachera la anima, anima la búsqueda. La borrachera lo ha vuelto intrépido. Horas han pasado, años han pasado, con el ansia dando vueltas en su cabeza. La pretensión de saber qué pasa, qué pasó hace tantos años.
El bosque se abre al claro del lago, Thomas ingresa en él. Camina por su margen empapándose en el frescor del día que comienza y, agotado por la senda recorrida, se sienta en un promontorio de roca de pizarra. El paisaje idílico lo llena de gozo, de auténtico disfrute de la naturaleza más pura. Y se vuelve a hacer la pregunta de qué pasó. La evidencia de encontrarse allí le responde que nada. Allí no ocurrió nada, absolutamente nada.
Y reafirmando sus creencias de que allí, en el lago, no había sucedido nada, efectivamente no se muestra ningún hito inusual, nada fuera de lo corriente: el agua del lago en quietud iluminada por la luz de la naciente, el bosque despertando, el aroma de finales de verano todo recuerda a la paz, al sosiego. Sentado en la roca negra, Thomas observa todo el conjunto de la naturaleza y se vuelve a preguntar, por enésima vez en esos años pasados en soledad, el por qué de la evacuación de la población.
Pero de pronto, algo nuevo, algo que emana de cada piedra, impregna cada árbol, cada brizna de hierba de aquél lugar pretendidamente paradisíaco, le llega como una ola de tristeza. Tristeza, profunda desolación, un dolor, una aflicción tan desmesurada, que ese sentimiento lo avasalla por completo. Tiene la virtud, allí, en aquél lugar doliente, de catapultarlo hacia una profundidad tan negra, tan dentro de su pecho, que Thomas se funde con la roca en la que se halla sentado. Cae hacia dentro derrotado. Thomas se integra en la propia roca, desaparece como hombre.
Y así se confirma el peligro vivo, la verdadera naturaleza de aquella zona roja.
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